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15/06/2009

En cualquier polémica, quien fija los términos del debate parte con ventaja. A pesar de ser conscientes de este obstáculo, queremos contestar las "Preguntas sobre Bolonia" que fueron planteadas en esta misma tribuna, en la confianza de poder mostrar al lector que algunas de ellas esconden falacias dignas de figurar entre las mejores estratagemas de Schopenhauer.

Hay algunas críticas con las que coincidimos, si bien no compartimos las soluciones que se proponen:

1.Coincidimos en que las ingenierías han quedado en cierto modo fuera del proceso de convergencia. Tras años dando vueltas a la estructura de los estudios de ingeniería se han dejado prácticamente como estaban. Pero esta paradoja no desmonta la bondad del proceso, los propios firmantes del anterior artículo sugieren cuál ha sido la causa de lo ocurrido cuando dicen: "Hay algunos gremios que siguen contando con una considerable capacidad de presión". En otras palabras, la solución sería más Europa también para los estudios de ingeniería.

2.Se critica la forma en que se están elaborando los planes de estudios en algunas universidades españolas. Los procedimientos que se están siguiendo para aprobarlos, así como algunos de los resultados que ya estamos viendo, son claramente mejorables. Pero esta acusación es bastante malintencionada, porque lo que no se dice es que las tensiones y los intereses que afloran en la elaboración de estos planes son los mismos que se escondían bajo los anteriores planes. En esto al menos no hemos ido a peor.

3. La desregulación claro que tiene sus peligros, como los tiene la propia autonomía universitaria en general. Como bien se señala en el artículo, que los mandarines aprovechen las nuevas posibilidades en su exclusivo beneficio no es el menor de esos peligros. Pero paralelamente la desregulación también da lugar a nuevas posibilidades, al suprimir limitaciones que constreñían los títulos y los planes, posibilidades que podrían usar en beneficio del interés general quienes ocupan puestos de influencia en cada universidad, como algunos firmantes del artículo. Resulta cuando menos curioso que unos mandarines universitarios acusen a otros de ejercer de mandarines, este tipo de comentarios más bien refleja una mera lucha palaciega.

El resto de preguntas y consideraciones que hacen los autores son maniobras de diversión. Se preguntan si los cambios promovidos por las autoridades educativas españolas van a alcanzar los efectos deseados, sembrando dudas sin dar argumentos que las avalen. Lanzan la acusación de que lo que se está haciendo en España se aleja en aspectos importantes de lo que se hace en otros países europeos, olvidando que la convergencia universitaria europea no es un proceso cerrado en el que unos países deben imitar a otros, sino que es una construcción común a la que todos pueden aportar. Sí que es cierto que algunos estudios como los de Derecho tienen una considerable componente nacional en cuanto a los contenidos, pero en términos de formación global del titulado, es decir, atendiendo no sólo a los contenidos sino a todas las capacidades que ha de adquirir el estudiante, las diferencias no son tan relevantes como se quiere hacer ver.

En otro lugar del artículo aparecen un conjunto de afirmaciones, algunas más apocalípticas que otras pero todas destructivas para el proceso de Bolonia, que encierran una hipótesis oculta que conviene desvelar. Para los autores, la universidad española debe de vivir en la perfección a juzgar por la apreciación totalmente negativa de los cambios. Como si nuestros egresados tuvieran una formación completa gracias a los planes de estudios actuales. Como si no tardaran en obtener su título una media de años escandalosamente superior al número de años previsto, demostrando que o son torpes en un porcentaje muy alto o los procesos formativos necesitan una urgente reforma. Como si la "degradación de los estudios" que perciben los autores de las preguntas hubiera comenzado con la aplicación de la convergencia europea y no la percibieran ellos mismos en las últimas décadas. Como si nuestros antiguos alumnos encontraran fácilmente un trabajo relacionado con su titulación.

Para finalizar, cuando ya no quedan más argumentos se utiliza una táctica dilatoria, sin ningún plan. Tras diez años de espera ahora se pide que se siga esperando. Que se pare todo hasta que nosotros estemos de acuerdo. Esta petición resultaría más creíble si se propusieran alternativas que respetaran los objetivos de los acuerdos de Bolonia, que los autores dicen compartir, y que según ellos permitieran conseguirlos mejor que las decisiones tomadas por las autoridades políticas y académicas. Pero en lugar de suscitar un debate se utilizan estratagemas para aparentar que se tiene razón, parafraseando a Schopenhauer.

 

Fuente: El País

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